LA TARTAMUDEZ AFECTA EN EUSKADI A UN 5% DE LA POBLACIÓN PEDIÁTRICA Y A UN 2% DE LA POBLACIÓN ADULTA
Bilbao, 21 de octubre de 2026.- Cada 22 de octubre se conmemora el Día Internacional de la Tartamudez, un trastorno de la fluidez del habla (disfluencia), que afecta a un 5% de la población pediátrica y a un 2% de la población adulta, siendo más frecuente en hombres (80%), que en mujeres (20%).
Con motivo de esta efeméride, desde el Colegio de Logopedas del País Vasco se recuerda la importancia de conocer que «no todas las disfluencias que aparecen durante el desarrollo son tartamudez. A edades tempranas, es habitual que los niños repitan palabras, hagan pausas o necesiten tiempo para organizar lo que quieren decir. Por eso, debemos observar cómo son esas interrupciones, con qué frecuencia aparecen, si existe tensión o esfuerzo al hablar y cómo las vive el propio niño o niña, ya que, si no, pueden ser unas disfluencias típicas de la edad», explica Marta García Marín, logopeda especializada en este tipo de trastornos.
«Es cierto que la fluidez puede variar según la situación: cuando un menor está cansado, emocionado, tiene muchas ganas de contar algo o siente presión, puede tartamudear más. Pero eso no significa que los nervios sean la causa, ni que el niño o niña no se esté esforzando lo suficiente», apunta la logopeda.
La tartamudez, denominada técnicamente como “disfemia” por los logopedas, es una dificultad de la fluidez del habla que puede manifestarse mediante repeticiones de sonidos o sílabas, prolongaciones de sonidos y bloqueos. Suele aparecer durante la infancia, entre los 2 y los 5 años, una etapa en la que el desarrollo del lenguaje «es muy intenso».
En cuanto a su origen, la tartamudez no aparece por los nervios, la timidez o la inseguridad. Ni tampoco tiene que ver con la lengua que se habla, sea ésta el euskera, el castellano u otra lengua foránea. La tartamudez es un trastorno del neurodesarrollo en el que intervienen distintos factores, entre ellos, factores genéticos, diferencias en los mecanismos cerebrales implicados en el habla e, incluso, aspectos psicológicos y sociales.
Importancia de la detección temprana
Marta García recuerda que la disfemia es un trastorno de la comunicación y, por ello, es competencia del logopeda su evaluación, diagnóstico y tratamiento. Tal y como detalla, el logopeda es «el profesional sanitario que centra su trabajo en la investigación, prevención, evaluación, intervención y prevención de los trastornos de la comunicación, el lenguaje oral, el lenguaje escrito (lectura y escritura), el habla, la voz, la audición y las funciones orales asociadas (respiración, masticación y deglución)».
Cuando las familias empiezan a notar dificultades, es normal que surjan dudas sobre si se trata de una fase de la evolución de la capacidad comunicativa o de algo que conviene que sea valorado por un especialista. «Mi recomendación, basada en la ciencia y en mi experiencia profesional, es consultar con un logopeda cuando aparecen señales que generan preocupación, especialmente si hay bloqueos, tensión, frustración o evitación de determinadas situaciones donde hay necesidad de comunicación. Consultar pronto no significa que el niño o niña vaya a precisar necesariamente tratamiento, sino que nos permite valorar qué está ocurriendo, orientar a la familia y decidir cómo acompañarlo», explica.
La detección temprana es importante porque ofrece la oportunidad de intervenir cuando sea necesario y de proporcionar herramientas a las familias desde el principio. «La evolución es diferente en cada niño: algunos dejan de tartamudear espontáneamente y otros mantienen la disfluencia a lo largo del tiempo. No siempre podemos predecir cómo evolucionará cada caso, por lo que es preferible realizar una valoración individualizada».
Papel de la familia
Desde casa, es importante crear un entorno en el que el menor sienta que puede hablar con tranquilidad y que tiene tiempo para ser escuchado. «A veces, con toda la buena intención del mundo, los adultos utilizamos expresiones como “habla despacio”, “respira”, “piensa antes de hablar” o “vuelve a empezar”. Sin embargo, este tipo de indicaciones pueden hacer que el niño o niña no se sienta escuchado, como si la forma tuviese más importancia que el mensaje».
La recomendación de Marta García es «mantener un ritmo de conversación relajado, respetar sus turnos, no terminar sus frases y evitar corregir continuamente su forma de hablar. Unos principios que se utilizan ante cualquier afectación en el habla. Lo importante es seguir prestando atención a lo que el niño o niña nos cuenta, no a cómo lo cuenta.
Papel del sistema educativo
El entorno escolar también desempeña un papel fundamental. «Los irakasles deben conocer qué es la tartamudez y cómo acompañar al alumnado con este trastorno. A los menores con este problema hay que darles tiempo para responder, no terminar sus frases, evitar presionarles para que repitan una respuesta y actuar ante posibles burlas. No se trata de sobreprotegerlo ni de dejar de pedirle que participe, sino de ofrecerle las mismas oportunidades que a los demás, teniendo en cuenta sus necesidades».
La logopeda advierte de que aunque no todos los niños y niñas que tartamudean desarrollarán dificultades emocionales, sí es importante observar si comienzan a evitar hablar o a sentirse incómodos cuando se comunican. «A veces, las reacciones del entorno, las prisas, las interrupciones o las burlas pueden aumentar ese malestar, lo que puede generar vergüenza, frustración o miedo a determinadas situaciones».
Papel de los profesionales de la logopedia
Como cualquier intervención de un profesional sanitario, la logopédica debe adaptarse a las necesidades de cada paciente. No todos necesitan el mismo tratamiento ni los mismos objetivos. «En algunos casos, será adecuado trabajar directamente sobre la fluidez y respiración; en otros, será importante orientar a la familia, realizar un seguimiento o abordar el esfuerzo que el niño o niña realiza al hablar y las emociones que pueden aparecer. El objetivo no es generar presión para que deje de tartamudear, sino favorecer una comunicación cómoda, reducir el impacto que pueda tener en su vida y evitar que el miedo a hablar sea algo que pueda limitarle», explica Marta García.
Por estas razones, la experta señala que tampoco se ha de medir el éxito de una intervención únicamente por si el niño o niña deja o no de tartamudear. «También es importante valorar si, diariamente, puede participar en clase, hablar con sus amigos, expresar lo que piensa y hacer las cosas que le gustan sin que el miedo a tartamudear le condicione. Aunque la fluidez es un aspecto importante, la comunicación va mucho más allá».
«En el entorno que rodea a un niño o niña con disfluencias en el habla, nuestro papel como profesionales, familias y educadores es ayudarle a comunicarse con la mayor comodidad y libertad posibles, transmitiéndole que lo importante no es hablar perfectamente, sino poder expresar lo que tiene que decir y sentirse escuchado y respetado», concluye la logopeda.



